Mundial 2026 · Octavos de final
Estamos acostumbrados a temer a Brasil. Al oír la palabra «pentacampeones», ante los ojos aparecen no ya nombres, sino sombras: la sombra de Ronaldo, el verdadero Ronaldo, escapándose hacia el arco; la sombra de Rivaldo, humillando a tres rivales en un pañuelo; la sombra de Roberto Carlos, disparando una bala de cañón desde el tiro libre.
Era magia mezclada con fuerza primitiva. Pero aquel fútbol murió. No ayer, no tras la fase de grupos. Murió en una noche concreta que dividió para siempre la historia de la «seleção» en un «antes» y un «después». Y ahora, en los octavos de final contra Noruega, veremos solo la máscara mortuoria de la antigua grandeza.
Fallo genético: de terminators a corredores
En 2002, Luiz Felipe Scolari no tenía simplemente un «plantel»: tenía un escuadrón de terminators afilados para matar en el área. Ronaldo, resucitado de las cenizas de sus lesiones; Rivaldo, capaz de cualquier bajeza por la victoria; y Ronaldinho con la sonrisa de quien conoce el desenlace del partido antes del pitido. Asfixiaban. No temían echarse la responsabilidad al hombro en el minuto 89. Eran la encarnación de la valentía futbolística.




¿Y qué vemos ahora? Un conjunto sin rostro de corredores que profesan un fútbol europeo estéril, sin alma y sin goles. Miren ese mediocampo.
¿Dónde está el cerebro? ¿Dónde está el organizador capaz de dar un pase que parta la defensa a 30 metros?
En su lugar hay «box to box» de obrero y campesino, que presionan de maravilla pero pasan hacia atrás ante el primer peligro. Esto no es samba brasileña. Es una cuadrilla de fábrica. Pero incluso ese baile miserable es solo una pálida sombra de la parálisis que ocurrió antes.
El Mineirazo: el día en que murió la magia
La muerte de verdad llegó el 8 de julio de 2014. Estadio «Mineirão», semifinal del Mundial en casa. Brasil contra Alemania. 1:7. No es solo un marcador. Fue el asesinato ritual de todo aquello en lo que creyeron generaciones. Sin Neymar, sin Thiago Silva, la «seleção» no solo perdió: se deshizo en polvo en seis minutos. Aquella noche fue el punto de no retorno. Justo entonces el mundo entendió: la gran Brasil, la misma que engendró a Pelé, Garrincha, Zico y Ronaldo, había desaparecido. Quedó un cascarón por dentro del cual soplan el viento y el pánico.
Tras aquel fiasco se podía esperar una catarsis, una reconstrucción, un regreso a las raíces. Pero no. La selección se hundió en una agonía prolongada, disimulándola con destellos aislados.
Crónicas de la agonía: Rusia, Catar y el camino a ninguna parte
Saltemos la vergüenza en casa y pasemos a los siguientes «éxitos». Mundial 2018 en Rusia. Cuartos de final contra Bélgica. La Brasil de Tite era considerada una de las favoritas, pero mostró exactamente lo mismo que antes: control estéril, dependencia de un solo jugador (ahora Coutinho) y una incapacidad total para romper una defensa organizada. Un autogol de Fernandinho y el remate de un contraataque de manual a cargo de De Bruyne, y se acabó el cuento. Los orgullosos «pentacampeones» quedaron fuera del torneo. Nada de magia, nada de furia, solo una muerte aburrida y previsible.
El Mundial 2022 en Catar debía ser la reencarnación. Una generación dorada encabezada por Neymar, Vinícius, Rodrygo. Pero también aquí todo terminó en déjà vu. Cuartos de final contra Croacia, un equipo al que estaban obligados a hacer pedazos. Brasil marcó en el tiempo extra, pero se las arregló para encajar en el último minuto de la prórroga, cuando bastaba con tener el balón y jugar con el marcador. Y en la tanda de penales Neymar ni siquiera se acercó al punto: debía patear el último, pero ese remate nunca llegó.
Brasil quedó eliminada, sembrando no solo tristeza, sino también la sensación persistente de que estos muchachos simplemente no saben ganar. El gen ganador se perdió del todo.
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Samba estéril: un ataque sin amenaza
Ahora, en el partido con Noruega, lo más probable es que veamos el resultado lógico de esta degradación. Un ataque que ni siquiera en los mejores años posteriores a 2014 fue temible, hoy se ve simplemente indefenso. Vinícius en el club y Vinícius en la selección son dos personas distintas. Donde antes había un regate impredecible que disolvía a los defensores en el aire, ahora hay carreras hacia un callejón sin salida.
¿El centro del ataque?
El lugar de Ronaldo, Romário o Adriano lo ocupa una figura cuya tarea principal no es marcar, sino desmarcarse para los descuentos y pelear con los granaderos escandinavos. No es ironía: Brasil ya no engendra nueves. Esa fábrica se detuvo, y al parecer, ya en 2014. Y cuando el balón queda colgando en el área, hay que rezar no al talento, sino al rebote.
El irritante perfecto: por qué Noruega es una sentencia
Noruega es el irritante perfecto para abrir todo este absceso. Los escandinavos no tienen la magia brasileña, pero tienen lo que a los pentacampeones ya no les queda en absoluto: carácter y organización. Los noruegos saldrán a jugar no contra un nombre, sino contra once muchachos asustados de camiseta amarilla. Cargarán, golpearán, empujarán y destruirán cualquier atisbo de juego combinativo.
Aunque, si miramos las cuotas, por ejemplo en Stake, Brasil se ve casi como una favorita clara. Pero este Mundial ya nos enseñó que, aunque sobre el papel todo se vea más que evidente, en el juego puede pasar cualquier cosa, como cuando Paraguay eliminó a Alemania.
El momento más trágico llegará cuando Brasil encaje primero. En 2002 eso fue la señal para el inicio de la furia. En 2014, para el derrumbe en pánico. En 2018 y 2022, para la rabia impotente.
Por cierto, en 1998 estos equipos ya se enfrentaron en un Mundial, en Francia. E incluso a aquella Brasil los escandinavos la vencieron.
Ahora, en cambio, veremos simple apatía. Centros sin sentido, ausencia de un plan B y ojos llenos de tristeza. Ya no hay un hombre que simplemente tome el balón, se abra hacia el centro y lo coloque en la escuadra. No está ni Zé Roberto, que se ganaba a mordiscos el mediocampo, ni Ronaldo, para quien una final era solo un día más de trabajo.
Polvo sobre los casetes viejos
Este partido de octavos de final no es una batalla contra Noruega. Es la exhumación del cadáver de la gran selección brasileña. Lo más probable es que sigan avanzando a duras penas. En algún lugar les pitarán un penal dudoso, en algún lugar entrará un gol tonto de pelota parada, y los comentaristas gritarán sobre un «renacimiento». No lo crean. No es un renacimiento. Es una agonía que dura desde el momento del séptimo gol alemán en la portería de Júlio César.
Y cuando la transmisión por fin termine y en el estudio empiecen a impulsar el relato del regreso de la grandeza, simplemente quiten el sonido. Lo mejor que puedes hacer en ese momento por ti y por la memoria del fútbol de verdad es abrir las grabaciones viejas. No hace falta buscar un análisis complejo, basta con poner un simple resumen de goles de la Brasil de 2002.
Miren cómo Ronaldo clava con sorna el segundo en la final, cómo Rivaldo con un solo toque corta toda la defensa, cómo Roberto Carlos envía el balón a la portería de la selección china con tal fuerza que casi rompe la red.
Eso sí era Brasil.
Viva, peligrosa, grande.
Y lo que veremos en el partido con Noruega es solo su holograma barato y apagado. Vuelvan a ver esa grabación, y el contraste los cubrirá por completo. Dolerá de verdad. Pero es la única forma de recordar lo que perdimos.
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